El iceberg del éxodo

Una reunión más en la que hablamos cómo la migración venezolana ha cambiado el comportamiento del consumidor en x’s lugar del mundo. Un señor sentado incómodamente en un puff, rodeado de juventud y colores. Hace una pausa luego de describir los vinos de La Rioja. “Mis sueños se acabaron el día que bajé a la sala de mi casa y en lugar de nietos vi maletas. Las maletas de mis hijos… Yo no construí mi casa para verla vacía”. No hay quién rompa el iceberg de la migración.

Esa tarde volví recordando los años que pasé acompañando a mis padres a ver casas. Pelear por el cuarto hipotético con mis hermanas. Imaginarme el rincón favorito para leer. Visualizar con mi papá el lugar del bar y con mi mamá la vista para tomar su café. Recuerdo los olores de mis opciones favoritas. No recuerdo en qué momento paramos de hacerlo. Y luego de ese lapsus recuerdo el día en que me dieron la dirección para que pasara a ver la nueva casa al salir de la universidad, 15 años después.

Como llegué de última no escogí el cuarto. En la mudanza no pude decirle a los ayudantes que no subieran las cajas de los libros -cosa por la que me odiaron. Ya había un nieto y venía otra en camino, fue ella la primera que “nació” aquí. Recuerdo a mi mamá reubicando veintitantos años de vida con emoción -y cansancio-, a mi papá disfrutar -por primera vez- de los arreglos del hogar. La cara de los dos por las mañanas, tomando un café y reconociendo con la mirada las paredes, el jardín, los pasillos que soñaron.

Recuerdo el día que despedí a mi primera hermana migrante desde la puerta principal de esta casa, esa casa. Era de madrugada, montamos a mis sobrinos aún dormidos en el taxi. Ella me dio un beso tímido y apresuró el paso para evitar el abrazo. No miró hacia atrás.  Yo me quedé en la reja viendo el carro blanco alejarse.

Fue mi primer plato de esa sopa que hoy llamamos éxodo. Hoy descubro que había bloqueado ese recuerdo.

Desde entonces he visto cómo se ha deteriorado la acera por la que caminamos a diario. He visto a la ciudad oscurecerse, silenciarse, vaciarse a cuenta gotas, hasta desvanecerse. Las estructuras no son más que contenedores de afectos, rutinas, rituales… estamos en otra ciudad.

He lidiado con despedidas amargas, alegres, silentes… hasta que pasó algo, ya no hay despedidas. Hay pequeños encuentros, cabezas que asienten con tristeza un argumento irrebatible. Hay vacíos.

De pronto me encuentro 8 años después de aquél día de julio sentada en el mismo sofá. Más serena y más rota que entonces. Es mi otra hermana. Son mis otros sobrinos.

Son los más de 10 años sometiendo las relaciones a las pruebas de la distancia. Soltando gente, cambiando rutinas, extrañando, olvidando… siguiendo.

Es escuchar “me voy, aunque no quisiera” más veces que lo que sonó Despacito durante 2017.

Es mirar cómo se vacía tu casa, tu empresa, tu escuela de yoga, tu iglesia, tu cine favorito, tu restaurante regular, tu ruta, tus calles, tu ciudad, tu país… tu. Es mirar y mirarte. Reconocerte ahí, en medio de un puntillismo cada vez más disperso. Aferrado al núcleo de una fuerza centrífuga  que sigue expulsando almas.

Es un hoyo negro que llenamos con buenos deseos, grupos de WhatsApp, llamadas por skype y grillos, ahora en Caracas se escuchan desde más temprano los grillos y se ven mejor las estrellas.

Desde hace tiempo trato de no meterme en las honduras de esta grieta que hoy tenemos por país. Lo escribía tímidamente hace días en una #seriedeneonsigns:

La migración rompe a quien se queda y a quien se va. Esta diáspora que tenemos no solo disminuye el tráfico, deja asientos solos en comidas familiares, entradas libres para eventos lindos, escasez de abrazos, fotos vacías, lágrimas invisibles, escritorios desiertos, cuartos sin alma, amor sin tacto.

Estamos tan solos.

Estamos en un sitio tan diferente al que elegimos [quedarnos]. Nosotros también tenemos que rehacer rutinas, buscar actividades o personas suplentes, extrañar cada día, adaptarnos a lo mismo pero diferente, refugiarnos en un chat y una llamada entrecortada, acostumbrarnos a los resúmenes…

El fenómeno migratorio lo cuenta el migrante. Yo quiero sumar mi punto en este puntillismo a contarlo desde el que se queda. No porque uno sea más crudo que otro, sino porque ambos lados tensamos esa cuerda que se llama raíz.

“Deja al menos que me vaya para que te quedes llorando, no llores antes, no me dejes antes” puede ser una frase entre amantes o puede ser la historia de todos. Porque ahora vivimos en una cuenta regresiva que despega para los que se van y que se reinicia sin descanso para los que nos quedamos.

La psicología migratoria debería incorporar las dos caras de un éxodo. No se trata de una depresión o ansiedad cualquiera. Tampoco es un duelo porque no hay muertes físicas. Y no lo juzgo, porque en las circunstancias donde la diáspora se activa están bombardeadas -literal o metafóricamente- por problemáticas que están en el subsuelo de la pirámide de Maslow.

Sí, es cierto que tenemos que ocuparnos de sobrevivir. Sólo que aquí vivimos con la herida expuesta.

Esta casa, la del señor de aquella reunión, la de mis hermanas, la de mis amigas, la de mis empleados, la de mis estudiantes, la de la peluquera, la del mensajero…. la de más de 4 millones de venezolanos, dejó de ser la misma. Porque nadie construye nada para dejarlo al vacío.

El impacto emocional de un éxodo marca el sistema familiar por generaciones. No somos los primeros, tampoco los últimos >>

¡Escríbeme qué llevas puesto! ¿Es cálido?
¡Escríbeme en qué duermes! ¿Es también blando?
¡Escríbeme qué aspecto tienes! ¿Sigue siendo el mismo?
¡Escríbeme qué echas de menos! ¿Mi brazo?
¡Escríbeme cómo te va! ¿Te respetan?
¡Escríbeme qué andan haciendo! ¿Tienes bastante valor?
¡Escríbeme qué haces tú! ¿Sigue siendo bueno?
¡Escríbeme en qué piensas! ¿En mí?
¡La verdad es que sólo tengo preguntas para ti!
¡Y espero con ansiedad la respuesta!
Cuando tú estás cansada, nada puedo llevarte.
Si pasas hambre, no puedo darte de comer.
Así que estoy como fuera del mundo,
perdido, como si te hubiese olvidado

Bertolt Brecht – Preguntas

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