¿Qué hacer con la otra?

Hace unos meses un artículo que escribía para hablar de lo que merecemos y lo que no -y de cómo yo me di cuenta de eso- resultó polémico por la forma en la que me referí a “la otra”, adjetivo que además usaron los lectores, porque yo hice todo mi esfuerzo para escribir “la chica”.

Siempre admiré a una amiga que mientras le estaban poniendo cuernos –y ella lo sabía- hablaba de “la muchacha”, también lo hice con quienes podían referirse sin decoro “la perra esa”. Y como la mayoría de las que leemos acá, siempre he tenido una sensibilidad hacia la evolución del género que incluso fue promesa de año hace bastantes “no insultar a ninguna mujer” decía mi papelito.

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4 tips para no acabar con todo en una discusión

Dicen que las discusiones son el reflejo de los complementos, la pizca de sazón, el placer de la reconciliación. Yo no creo que sean una necesidad, pero en todo caso es importante aprender a -o intentar- no convertirlas en armas de destrucción masiva.

Con la querida cruz cardinal creo que nadie se salvó de discusiones con calibre. En todos los ámbitos, en todas las relaciones. Este artículo lo hago inspirada en las discusiones que más reconciliada me han dejado. Y es que ya que parece inevitable, creo que es importante aprender a discutir.

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Cordura demencial

Si lo seguro es el cambio y la muerte ¿por qué las convenciones sociales no mueren ni cambian?

Yo y mi salmón. Yo y mi ganas de entender el mundo desde mi ser, creando más que recreando. Yo y los prejuicios detrás de mí. Yo y mi propio fantasma convencional. Siempre pensé que era yo y unos compañeros del piso 7 1/2 en esta megaestructura social; yo y mi explicación a los vecinos contigüos “no es que aparente, es que soy así”.
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