El prestigio del delito

Interrumpe mi almuerzo a solas una voz masculina mandibuleadamente vulgar, es un lugar bastante público y familiar, su voz gruesa entona prepotencia y a gritos nos hace sus oyentes. Atrás de mí y a la derecha, por ahí anda el que no aprendió de modales y por lo escuchado, tampoco de profesión legal.
No es el estereotipo con síndrome de “patancito llama la atención” y su respectivo complejo de “tupperware”.Yo trato de almorzar aislándome de su interpretación, creo que mi cara es tan penosa como la de su acompañante, y mi oído está tan afectado como el de quienes lo llamaron un par de veces. Sus conversaciones ya parecen conferencias, molestas, indignantes, y rebasan mi voto silencioso, cuando orgulloso comenta “yo le dije a la tipa esa, cállate y quédate quieta, porque otro fácil te mete unos coñazos y te lanza por el balcón por perra…”. Volteé mi cuerpo hacia él con firmeza y lentitud de efecto matrix, subí la mirada y la dirigí a sus ojos, me comuniqué con los códigos que bien me enseñó mi madre, esos que suelen usar cuando lo tratan de entrenar a uno para comportarse en público.
El problema con este ser no era su llamado de atención, sino su absoluta convicción divulgativa de sus andanzas ¿por qué? porque elevar su ego, y lo peor (motivo de este post): en Venezula, le da prestigio.
Las situaciones de las que se enteró medio centro comercial, reflejan la desvalorización de una sociedad donde ya la corrupción, el abuso de poder y el enriquecimiento ilícito, pasó de ser el día a día a convertirse en la forma más segura de acceder al prestigio entre clases, y al respeto (incluso intimidatorio) público.
Pasarse un semáforo en rojo, saltarse una cola o levantarle la falda a la directora, son “gracias” potencializadas por un marco regulatorio débil y al servicio de la ideología, un refuerzo que brinda la deslegitimación de los procesos y las autoridades. Por eso el hombrillo es un canal legítimo, y son capaces de insultarte si no vas por él; por eso los motorizados son quienes tienen la ventaja y deciden si darte paso o no, por eso las oficinas públicas cambian sus horarios de una semana a otra, según les apetezca; por eso y porque te preocupa más conseguir la carne o el harina pan, aprovechar la energía eléctrica (cuando la tienes), que estar detrás de un juego político donde compiten los viejos vicios.
Hablar a gritos de violencia doméstica, de armas de fuego ilegales, de demandas injustas, de estafas y hasta de tráfico de armas, sin que nadie pase de una señal visual, sólo es posible, en la misma sociedad donde el mismo tipo que consigue valoración a causa del prestigio del delito, hace clandestina la opinión y evaluación política: lo último que escuché (y me llamó la atención, porque cuando caminaba ya para salir, pasé junto a su mesa y no me reventó el tímpano) fue “mira chamo, tienes que votar por el PPT, tenemos que sacar a este loco. No votes por el PSUV, si quieres volver a comer algún día”.
Venezuela 2010: el delito es expuesto y la opinión clandestina.
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One thought on “El prestigio del delito

  1. Mariela says:

    Después de yo-no-se-cuántos intentos, aquí estoy…

    Muy triste, pero cierto. Lo peor es que todos, sin querer, alguna vez hemos incurrido en la falta.

    El prestigio del delito no es más que el resurgir del animal que se supone ya deberíamos haber domado gracias a nuestra “civilización”. Aunque ya no es el instinto quien domina el cuerpo, la realidad ha hecho de la ley del más fuerte el único precepto válido para la supervivencia. La intolerancia y la violencia son reinas en un pueblo sin ley… Y los que todavía queremos cambiar la cosa nos caemos a golpes (en sentido figurado) con la conciencia ajena, a ver si de alguna forma la hacemos reaccionar.

    El miedo ha vuelto a la opinión clandestina y la apatía la ha dejado acumulando polvo en un rincón, mientras aquellos hacen desastres con lo nuestro.

    Fatal…

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