Prudencia 2.0

Me tomó 5 años y varias perdidas en conversaciones abrir un blog, unos 6 meses abrir twitter y casi el doble usarlo con libertad. Por su parte, facebook lo abrí cuando las personas podían “comprarse” como mascotas, me duró lo mismo que la felicidad a Frida, y sólo 3 años después, varias fiestas perdidas, cientos de cumpleaños sin felicitaciones y con muchos proyectos laborales volví. Sí, soy militante de la intimidad, la que aún sigue siendo íntima.
Como yo muchos, y muchos más aquellos que no lo han llevado a la acción pero lo piensan cada vez que hay un comentario intrépido o una foto poco favorecedora -sin pasar por aquellas cosas de “archivo” que desempolvan recuerdos, nostalgias y provocan retorcijones.

La cosa es que como todo entorno social la web también está llena de normas de convivencia, y creo que de las más complejas.

Todo usuario

El horario todo usuario funge de protector ante la sensibilidad de ciertas -y posibles- audiencias, no tener el control ni la certeza de quien podría tener acceso a tus mensajes es la debilidad por la que una ley marca horarios.

En el caso de la web no hay ley ni mucho menos horarios. La atemporalidad de los contenidos es la religión y su -casi absolutamente- libre acceso el pecado original.

Hace poco escribí que desde el momento en que tus redes sociales son asumidas como una proyección de marca personal los perfiles dejan de ser ventanas y pasan a ser mesas.

Las redes sociales son particularmente complicadas, por esto hay indecisos, dolientes, ateos y feligreses en torno a ellas. Como son la parte más humana de este entorno social, se convierten también en la más voluble, especialmente porque -como siempre escribo y explico- no tenemos la capacidad divisoria ni limitante de roles y entornos personales.

Tenemos UN nombre, UNA identidad -hablando de los que somos fieles a nuestra carne y nuestros huesos- y un sólo perfil, pero tenemos amigos, socios, compañeros de trabajo, clientes, potenciales clientes, profesores, alumnos, sobrinos, hijos, hijastros, padres, primos, proveedores y entrometidos… todos en el mismo rincón a causa de una sola razón: las lealtades “face to face” -y en el mejor de los casos, los objetivos estratégicos una exposición personal/profesional.

Entre gustos y colores siempre hay una persona desagradable -en mayores o menores niveles-, el imprudente. Ese personaje que siempre dice lo que no tiene que decir, frente a quien no debe y en el lugar menos indicado. Hace unos días, a pesar de lo maniática que soy para la sociabilidad en redes, me di cuenta de que son el terreno más fértil de la imprudencia.

La audiencia genérica, esa que la propia reina publicitaria ha tenido que ir delimitando cada día más, es hoy la comensal en nuestra mesa así que antes de hacer algún comentario hay que apelar al sentido menos común de todos, el sentido común y aplicar la prudencia. Eso es lo que queda cuando desconocemos la delicadeza del otro y los suyos.

Un buen punto para ir pensando en entrenar a los míos, y los de ustedes.

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